Los Mecanos fueron un grupo musical que triunfó y mucho en España en la década de los ochenta principalmente. Su música atraía no solo en nuestro país sino también en el exterior. La aureola mística con la que se rodeaban, les cubría de una especie de secretismo que hacía de ellos unos desconocidos. Cuando actuaban, sólo destacaba ella, especie de garrapata saltarina que cantaba bien, eso era cierto, dándole a su voz una impostura infantil que hacía estuviéramos oyendo eso, una niña. Otro de los miembros del grupo, el cachas de gimnasio, no recuerdo su nombre, pero que lucía como el más guapo. El misterio siempre les acompañaba, nadie sabía, tan solo se rumoreaba, si a la nena se la estaban repartiendo entre los varones, que eran hermanos, o si sólo era el figura de gimnasio, la verdad, yo al menos no tenía ni idea. El grupo, poco a poco, se fue deshaciendo y al final, la única que sonaba era ella, la garrapata, y él, el tal Nacho Cano, que parece ser era el cerebro compositor del grupo, el que hacía las letras aunque nunca aparecía, ni siquiera su cara. Sí, es verdad, recuerdo que cuando actuaba el grupo, siempre había uno que estaba escondido, agazapado y no se le veía, era el tal Nacho Cano.
Como parece que a algunos de estos creadores, artistas, llenadores de estadios con gente que pierde el culo por oírlos, se les llena el cerebro de entusiasmo creativo, llegando a sobrepasar los límites de la decencia, continúan por el tobogán en el que parece haberse convertido su carrera, y descuidan sus quehaceres, sus obligaciones, y sólo piensan en su “carrera ascendente” en su creación ilimitada. En el caso del tal Nacho Cano, un individuo feo a rabiar, con los ojos ocultos en unas profundas cavidades, que parecen sacadas de la “Sima de los huesos” ocultando en ellas restos óseos del Paleolítico. Bien, pero vayamos a los hechos y fuera vaguedades. El muchacho, en su inagotable vena creativa o creadora, una de las dos, decide montar un espectáculo para el que necesita personas, profesionales o becarios de la danza, los trae a España, porque, claro, el espectáculo está basado en un personaje histórico o de leyenda, de tierras americanas, y el tal Cano, como suele suceder en casos así, olvida ciertos detalles que son imprescindibles en estos tiempos. Los bailarines son así traídos como si viniesen a una feria de verano, a pasar aquí una temporada pero en plan barato. Vienen a participar en un “evento” creativo cuyo centro de atención es un tal Malinche, que no sé quien diablos es, pero suena a personaje de la selva amazónica o de los Andes.
Como decía, el tal Cano ha olvidado ciertos detalles que afectan a su comitiva, a su “trupe danza musical” donde alojarlos, como será su relación con ellos, contractual o de las otras? No sé, poco obscuro. El caso es que un día, le llaman de Hacienda, supongo que serían ellos que, todo hay que decirlo, están en todo. Y le recuerdan que hay una serie de irregularidades en su invento, que tiene que aclarar y, sobre todo pagar. Y ya está el lio armado, el tal Cano, se enfurece, monta en cólera y empieza a hablar de complot para hundirle, y acusa a quienes se valen de estos procedimientos para ocultar otros asuntos que enturbian las tareas del Presidente del Gobierno de España, cómo no, la culpa siempre es de Sánchez que intenta desviar la atención de los españoles que, como son idiotas, hay que indicarles con claridad el camino a seguir para que no se desvíen. El tal Cano, reúne a los medios para informarlos, hace mucho aspaviento, da muestras de irritación y agita mucho las manos, está dolorido, se siente perseguido por el “perro” de la Moncloa.
(seguirá)